Nube de Monte es seleccionada en una antología de liternatura
El libro Sensacional de Liternatura Mexicana, publicado por la editorial Festina Publicaciones y la Universidad Veracruzana, reúne el trabajo de 18 escritoras de nuestro país

Este ha sido un año de muchos cambios y sucesos para Nube de Monte. Por primera vez, en nuestros cinco años de existencia, pasaron tres meses sin que apareciera un nuevo artículo en la página web. Una extraña combinación de viajes y problemas de salud fue la causante de ese retraso.
Pero aquí seguimos, con los mismos problemas que supone sostener un espacio de divulgación independiente en el sureste mexicano. A cambio de ello, este año recibimos una muy buena noticia: la invitación para que un texto de Nube de Monte se publicara en el libro Sensacional de Liternatura Mexicana, una antología que reúne a 18 escritoras de todo el país, publicada por la editorial Festina Publicaciones y la Universidad Veracruzana.

Agradecemos mucho a Mónica Nepote, Andrés Cota Hiriart y David González Tolosa por haberse fijado en la escritura de Francisco Cubas Jiménez y haberlo considerado para su publicación. Agradecemos también de manera muy especial a las tres personas que desde hace ya más de tres años depositan una donación mensual, su apoyo significa mucho para nosotros.
El texto elegido para el libro, fue La triste historia de la Laguna de las Ilusiones, porque fue el primero de Nube de Monte, y porque la situación que denuncia continúa sin solución, cinco años después.
El libro ha sido presentado en varios cafés y librerías de la ciudad de México, y en varias ferias del libro, como la de la Universidad Veracruzana.
Está disponible para su compra en muchas librerías del país, o directamente en la web de la Universidad Veracruzana.
Compartimos a continuación el prólogo del libro:
Entre la liternatura y la narrativaleza, abono del paisaje interior
por Andrés Cota Hiriart (compilador)
Me parece que podemos coincidir en que la crisis ambiental que hemos desatado —sin ir más lejos, la sexta extinción masiva en la historia de este planeta— es, en parte, consecuencia de la creciente desconexión entre la experiencia humana y la biósfera que habitamos. Esta desconexión, a grandes rasgos, nos impide comprender la magnitud del impacto de nuestras acciones y, en muchos casos, contribuye al negacionismo de la crisis en ciernes.
El «trastorno por déficit de naturaleza», término acuñado por Richard Louv en Last Child in the Woods (2005), no busca ser un diagnóstico médico, sino señalar la raíz del problema: los seres humanos, especialmente los niños, pasan cada vez menos tiempo al aire libre y lejos del asfalto; tal alienación progresiva respecto al entorno está causando una serie de afecciones a la salud, así como cambios preocupantes en el comportamiento de buena parte de la sociedad mundial.
La evidencia científica acumulada desde entonces sugiere que este déficit está relacionado con un menor desarrollo de los sentidos y un incremento significativo en la dificultad para mantener la atención, al tiempo que aumentan las condiciones relacionadas con la obesidad y el sobrepeso, y también incrementan las patologías emocionales, físicas y mentales. Las investigaciones también apuntan que la falta de contacto con la naturaleza debilita la alfabetización ecológica, empaña su apreciación y pone en riesgo la conservación de lo poco que queda del mundo silvestre. En suma, muchos de los tropiezos que definen nuestra era —ya sea que lo llamemos «Capitaloceno», «Antropoceno», «Chthuluceno», «Plantacioceno»— se originan en esta desconexión. No obstante, se trata de un problema que tiene solución —como bien señala Louv y respaldan las voces presentes en esta antología—, ya que es posible no sólo mitigar, sino incluso revertir, el déficit de naturaleza que permea en las sociedades contemporáneas.
¿Cómo empezar? Experimentando más a menudo la estimulación que ofrece el paisaje abierto, desde luego —aunque sea frecuentando un parque urbano—, pero también, y tal vez de manera más inmediata, atendiendo a nuestro paisaje interior. Es decir, enriqueciendo nuestras narrativas, ampliando nuestra perspectiva y volviendo más exuberante el panorama de historias que nos definen. Y esto puede conseguirse, en parte, si fomentamos una aproximación más diversa y prolífica, pero también más íntima, con el medio ambiente a través de la liternatura.
Gabi Martínez propone el término «liternatura» (una adaptación del anglicismo nature writing) para hablar del «conjunto de escrituras que dialogan, artística e íntimamente, con la naturaleza en todas sus dimensiones, desde los microbios que habitan en nuestro cuerpo hasta las ballenas que surcan los mares, desde las profundidades geológicas hasta los ecosistemas que la actividad humana ha amenazado». De este modo, el autor catalán no sólo pretende definir la corriente de tratamientos creativos que, desde las letras iberoamericanas, abordan el medio ambiente y su relación con nosotros, sino que también defiende el poder de la palabra —ya sea escrita, cantada o dibujada— para cambiar la realidad.
A esto, el mexicano Jorge Comensal añade: «Ante la desconexión de la cultura urbana con la naturaleza, divulgar y celebrar la literatura y las artes que abordan lo silvestre puede ser una forma terapéutica de enfrentar la ansiedad producida por las crisis ambientales y un semillero de ideas para mejorar nuestra relación con la biósfera». Y es que escribir o leer sobre algo implica valorarlo y hacerlo parte de nuestro paisaje interior, pero también es una forma de ampliar nuestro horizonte como especie vinculada con la naturaleza, e imaginar nuevas maneras de resistir y contrarrestar el ecocidio actual.
La realidad es que, si no nos dedicamos a cambiar nuestra concepción de nosotros mismos, sobre nuestra especie y el lugar que creemos ocupar en el vasto árbol de la vida —descartar ese discurso que repetimos obsesivamente desde hace siglos: que somos los hijos de dioses que no existen, que somos el pináculo mismo de la evolución—, temo que no podremos sortear nuestros errores por mucho más tiempo. Debemos combatir el antropocentrismo frenético y expansivo que está condenando a buena parte de los organismos con los que coexistimos y, de paso, condenándonos nosotros mismos.
En definitiva, si no descendemos de ese pedestal en el que nos hemos colocado, estamos perdidos. Y esto sólo es posible si cambiamos el relato y reformulamos nuestra historia compartida. Después de todo, la Tierra no es el centro del sistema solar y el humano no es el centro de nada.La vida silvestre es, además de una fuente de recursos y servicios ambientales imprescindibles para nuestra supervivencia humana, una fuente inagotable de sabiduría y asombro estético, apreciable a través del arte y la narrativa. Así que para lograr una sociedad que realmente valore y proteja la biosfera, y que no se ponga en peligro de extinguirse antes de tiempo —junto con los millares de especies que estamos desvaneciendo—, necesitamos fomentar una liternatura tan comprometida con la palabra como con el mundo natural.
Curiosamente, aunque en el ámbito de las letras en español tendamos a olvidarlo, con la liternatura estamos ante una de las tradiciones literarias más antiguas de nuestra especie —cuando menos en su acepción oral—. Esta herencia narrativa quizás ha acompañado a la humanidad desde el surgimiento del Homo sapiens, si no es que ayudó a su surgimiento. Desde que los primeros humanos comenzaron a pintar siluetas coloridas de animales sobre los muros de las cavernas y a contarse leyendas sobre las criaturas que les rodeaban.
Ni que decir de las primeras grandes civilizaciones que tengamos registro, donde se encuentran relatos que podríamos considerar afines a esta corriente, desde Persia y Mesopotamia, pasando por Egipto, Grecia y China, hasta el mundo maya y el mexica. De manera similar, la época de los naturalistas clásicos —cuando escritura, ciencia e ilustración cabalgaban palmo a palmo— nos dejó grandes tratados de liternatura —aunque ciertamente con un sesgo colonialista— de la mano de Alexander Von Humboldt, Charles Darwin, Mary Anning, Alfred Russel Wallace, Jean–Henri Fabre y demás exploradores decimonónicos. Sin embargo, el siglo pasado aconteció una fisura significativa entre la ciencia, las humanidades y el arte, con la consiguiente desvinculación entre la naturaleza y la creación literaria.
Al menos en el amplio territorio del habla hispana, esta visión de compartimentos estancos entre disciplinas pareció arraigarse con fuerza; el abordaje creativo de la naturaleza desde las letras entró en una especie de pausa y salvo por algunos destellos —esporádicos y desvinculados entre sí— durante buena parte del siglo xx, y principios del actual, casi no encontramos obras en español que le hicieran eco. En contraste, frente a esa brecha que aislaba a la naturaleza de la reflexión literaria, en otras regiones y durante ese mismo periodo, sobre todo a partir de la década de 1970, se registraron esfuerzos fervorosos, aunque nunca hegemónicos, por sanear esa fisura. Ahí están Maurice Maeterlinck, Konrad Lorenz, Gerald Durrell, Rachel Carson, Anna Tsing, Donna Haraway, Oliver Sacks, Redmond O‘Hanlon, Robert Sapolsky, Terry Tempest Williams, Sy Montgomery, Philip Hoare y el resto de la tropa para probarlo.
De ahí surge la motivación tras este proyecto: reunir algunas de las plumas que, en nuestro idioma, ya sea desde sus propias trincheras y, tal vez, no de manera deliberada, sino intuitiva, están esforzándose por equilibrar la balanza y abrir una brecha en la literatura sobre el mundo viviente. Voces que, desde el campo, la academia, la afición o el mero placer de amalgamar palabras, exploran en el conocimiento, el impacto estético y la experiencia de estar inmerso en la floresta. Voces que, más que por una intención divulgativa, están guiadas por una búsqueda personal del lenguaje. Voces que nos invitan a acercarnos a otras maneras de percibir, nombrar y habitar; que hacen de animales, plantas, hongos y bacterias sus musas y ejes de revelación.
«Se trata de una literatura del yo, pero en la que el narrador no es el centro ni es protagonista, sino un animal más que está, observa, siente y también cuenta, narra, relata», declara Ramón J. Soria. Sin embargo, yo diría que no sólo es eso; es eso y mucho más, pues lo fascinante es que estamos ante una especie de antigénero, o, mejor dicho, una categoría transgenérica en sí misma. Ya que aquí no se le cierra la puerta a nadie. La liternatura no se detiene a distinguir entre registros, ni a elaborar dudosas taxonomías a partir de la forma; se enfoca únicamente en el fondo.
Mientras que el texto verse sobre el mundo viviente y lo haga con sensibilidad y subjetividad, acoge por igual todas las expresiones: poesía, ensayo, crónica, memorias, disquisición filosófica, indagación periodística, elucubración infantil, o mejor aún, una combinación de todas ellas, incluso abriendo los brazos a la ficción. Si acaso, me atrevería a añadir el término «narrativaleza», para abarcar a otros lenguajes audiovisuales que compartan esta pulsión estética naturalista como pueden ser el pódcast, los videojuegos y las artes escénicas.
Desde luego, el tomo que se tiene entre las manos no es un mapa completo del panorama actual mexicano; existen otras voces y otras coordenadas, pero es un primer paso. Ojalá, con el tiempo y un poco de impulso, la corriente de la liternatura en nuestro país se haga cada vez más robusta y caudalosa. Que sus aguas inunden librerías y bibliotecas, que se infiltren en las aulas y programas educativos, que inspiren festivales y reciban apoyos, que el término se popularice y crezca la demanda. Y que, de ese modo, sean estas líneas las que algún día se traduzcan a otras lenguas en distintas regiones del mundo, y no al revés. Ya veremos, pero por ahora, todo es posibilidad e ilusión.