El tlacuache dorado: sospechoso de polinizar árboles

Este marsupial es parte de la fauna y flora que vuelve a verse en Pichucalco gracias al esfuerzo de Flavio Jiménez Ortiz

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    Tlacuache dorado en vainas de vainilla.
    Un tlacuache dorado (Caluromys derbianus) observando al fotógrafo. Marzo de 2024. Foto: Francisco Cubas

    No son ni las ocho de la mañana y ya empiezo a bañarme en sudor. Es miércoles 20 de marzo de 2024, y llegué desde el amanecer al rancho de mi primo Flavio sobre la carretera que va de Pichucalco a Juárez, en las montañas del norte de Chiapas. La humedad que dejó en el suelo la lluvia de la noche anterior se ha estado evaporando con cada minuto de sol, contribuyendo a esta sensación de sofoco. Me concentro como puedo en fotografiar las flores del cacao, cuando se acerca Flavio a decirme que me acerque a un jobo cercano, cubierto de vainas de vainilla. 

    No puedo creer tanta suerte. Como a tres metros del suelo, entre la vainilla que se enreda en el árbol, hay un tlacuache dorado que dormía a pierna suelta hasta hace unos instantes, cuando Flavio movió las vainas para polinizar las flores. Me desespero quitando el lente macro y poniendo el telefoto, pensando que el pequeño peludo estará a punto de huir, pero este pariente de los canguros se comporta con toda la calma del mundo, mirando tranquilamente desde lo alto a los primates que se juntan en el suelo para verlo. Porque ahora se acerca la hermana de Flavio, mi prima Doris, con su pareja, Carlos. Flavio trabaja con ambos en la consultora de soluciones ambientales DSBelmex, propiedad de Carlos. Durante unos 15 minutos, procedemos a tomar fotos y vídeos, sin que el tlacuache haga otra cosa más que irse moviendo lentamente hacia arriba, mientras continúa observándonos, como si supiera que no queremos hacerle daño. 

    Sigo pensando en lo afortunado que soy. Pese a estar en Chiapas, donde existen casi la mitad de los mamíferos terrestres de México, es extremadamente raro ver un mamífero silvestre a plena luz del día, y es todavía más raro estar cara a cara con uno que no huye de los humanos. Este individuo hace gala de una característica que los reportes científicos atribuyen a su especie: la curiosidad. Tal vez esto se debe a que nunca ha sido tan perseguido como otros animales. En el norte de Chiapas y en Tabasco las personas que viven en el campo ni siquiera le han puesto un nombre particular; tlacuache dorado es un término de los manuales de zoología. Esta ausencia de un nombre vernáculo refleja el escaso interés utilitario que ha despertado en los animales humanos. 

    Bajo la cámara y le sostengo la mirada a este otro pariente nuestro, mientras me pregunto qué fuerzas evolutivas influyeron para que su aspecto sea tan tierno. Sus enormes ojos redondos, orientados al frente, sus redondas orejas rosas, sus mejillas rellenas y su nariz pequeña encajan dentro de lo que el etólogo Konrad Lorenz llamó “esquema infantil”: cierta configuración en los rostros de las crías humanas y animales que inducen o favorecen el cuidado en los adultos. Hoy se discute si esa predisposición existe en otras especies, pero hay evidencia experimental de que es un rasgo predominante en los humanos. Este tlacuache, entonces, tendría la facultad de conmover a la mayoría de las personas, pero apenas lo pienso recuerdo que las focas del caribe también eran muy tiernas, y ello no impidió que algunos grupos humanos las masacraran con increíble saña, hasta extinguirlas. Me pregunto por qué una piel tan atractiva como un peluche nunca despertó la codicia humana en estos territorios; tal vez no era lo suficientemente resistente, o no había un mercado específico para ella.

    El cielo lleno de vapor de agua refleja el sol como un espejo empañado, y las pupilas del tlacuache, adaptadas para la vida nocturna, están ahora reducidas a su mínima expresión, como puntos diminutos flotando en sus enormes órbitas. Las ramas no me permiten ver su vientre y distinguir su sexo, pero puedo ver la estructura corporal que algunos especialistas han señalado como un ejemplo de evolución convergente. A veces, dos grupos animales que no tienen un parentesco cercano enfrentan retos similares en el medio ambiente, y desarrollan herramientas semejantes. Un ejemplo clásico es el de tiburones y delfines; los primeros son peces, los segundos son mamíferos, pero ambos desarrollaron cuerpos y aletas aerodinámicas muy similares para vivir en el mar. 

    La convergencia con los primates

    En este caso, el proceso evolutivo del tlacuache dorado desarrolló adaptaciones para una vida nocturna en los árboles: ojos frontales para tener visión estereoscópica; manos y cola prensiles; y un cerebro relativamente grande, para poder cazar insectos voladores en las ramas. Estas son las mismas adaptaciones que surgieron en nuestros antepasados directos, los primeros primates, hace unos 50 millones de años, y que todavía persisten en algunos géneros menos conocidos de este orden, como los tarsios, los lorísidos, o los gálagos. 

    Según las tres principales hipótesis, los primates evolucionaron a partir de a) la adaptación a vivir en los árboles b) la adaptación para alimentarse de insectos voladores y c) la adaptación para aprovechar el néctar y los frutos de las plantas con flores, que comenzaban a dominar el mundo. Ninguna de las tres es excluyente de las otras, y los hábitos del tlacuache dorado parecen encajar perfectamente con ellas. Las semejanzas no terminan ahí. Al igual que los primates, este tlacuache tiene pocas crías, entre 3 y 5, y es una de las especies marsupiales que más tiempo pasa cuidándolas, unos 135 días.

    La adaptación a la vida en los árboles le ha conferido a este tlacuache muchas similitudes con los primates. Foto: Francisco Cubas

    ¿Significan estas semejanzas que algún día, dentro de millones de años, habrá descendientes del tlacuache que caminen en dos patas y hablen? Es muy poco probable, aunque no imposible. La evolución de cada especie es una concatenación sumamente compleja de cambios ambientales y cambios genéticos y conductuales; una serie de eventos afortunados (o desafortunados, según el punto de vista) que muchas veces parece milagrosa, y que estamos muy lejos de entender en su totalidad.

    Lo que sí puedo decir mientras miro de nuevo sus enormes ojos, es que algún antepasado nuestro lució muy semejante a él, y que la vida en los árboles y la necesidad de cazar insectos facilitaron el desarrollo de cerebros cada vez más grandes. Y que en su mirada, aparentemente libre de miedo, parece brillar la curiosidad, esa chispa que inició el larguísimo recorrido que me permite hoy escribir esto. 

    El viaje marsupial a Australia

    El tlacuache forma parte de un grupo muy especial de mamíferos: los marsupiales, de los que actualmente existen alrededor de 300 especies, la mayoría en Australia. Se estima que los mamíferos aparecieron hace unos 200 millones de años, justo en el límite de la llamada extinción masiva del Triásico-Jurásico, que fue el comienzo de la era de los dinosaurios gigantescos. Es también la época en que el supercontinente Pangea comenzó a separarse, y empezaron a tomar forma los continentes que conocemos. 

    En términos muy simples, la clasificación de los mamíferos vivientes es la siguiente: monotremas, marsupiales y placentarios. Los monotremas (el ornitorrinco y los equidnas) ponen huevos; los marsupiales dan a luz a sus crías casi en estado fetal, y terminan de criarlos en una bolsa (marsupia); y los placentarios, a los que pertenecemos, dan a luz a sus crías completamente desarrolladas. Pero no descendemos de los marsupiales y monotremas, sino que tuvimos un antepasado común hace unos 100 millones de años, del cual se separaron las tres estirpes.

    Como los placentarios contienen hoy al 96% de las 6,000 especies de mamíferos existentes, muchos especialistas han asumido que son evolutivamente “superiores” a los marsupiales y monotremas, cuya mayoría de especies vive aislada en Australia. Pero la evolución no es tan simple, y tampoco es un asunto de “superioridad” como veremos más adelante. 

    (Los nombres marsupial y placentario son engañosos, porque los marsupiales también tienen placenta, y no todas las especies tienen bolsa).

    De acuerdo al registro fósil, los marsupiales pueden haber surgido en lugares del Supercontinente Pangea que hoy corresponden a Asia o Norteamérica, y también habitaron lo que hoy es África, pero a medida que los continentes se fueron separando, fueron desapareciendo de todos esos lugares, menos de Sudamérica y Australia. Los marsupiales surgidos en Sudamérica se extendieron a la Antártida, que en ese entonces era un lugar completamente verde, y desde ahí, hace unos 55 millones de años, cruzaron un puente terrestre para llegar a Australia, un continente que desde entonces se mueve en dirección a Asia, y que terminó por quedar aislado en medio del océano. Ese fue el origen de canguros y koalas, según el consenso científico hasta el día de hoy. 

    La estela del asteroide

    No puedo ver desde este cacaotal ninguna señal del pueblo Chicxulub, en Yucatán, pero el mapa en mi teléfono me dice que si miro hacia el noreste estoy a unos 500 km de distancia en línea recta. Ese pueblo está ubicado cerca del centro del cráter más famoso del mundo, la huella del impacto de un asteroide de 12 km de diámetro (para comparar, el monte Everest tiene 8 km de alto) que se estrelló en una primavera de hace unos 66 millones de años, cuando la tierra que hoy piso estaba bajo aguas marinas poco profundas. Es casi imposible visualizar en su totalidad esa catástrofe, pero puede ayudarnos el saber que la potencia del impacto fue miles de millones de veces superior a la bomba que los estadounidenses tiraron sobre Hiroshima, y provocó vientos de más de 1,000 km por hora, que dañaron principalmente un radio de 1,500 km. Todo lo que hoy es México y gran parte de Estados Unidos quedó desolado en cuestión de horas. Se generó un terremoto de 10 grados de magnitud, y maremotos con olas de hasta 1 km de altura, que penetraron hasta 100 km tierra adentro. Se estima que el material pulverizado permaneció flotando en la atmósfera durante una década, bloqueando la luz del sol, cambiando el clima y afectando a toda la cadena alimenticia de la vida en la tierra y los océanos. Entre el 70 y el 75% de las especies se extinguieron. 

    La hecatombe que borró a los dinosaurios abrió la puerta para que los mamíferos se extendieran por todo el mundo, y eventualmente surgieran, primero los tlacuaches, y luego nosotros. El impacto del asteroide también ayudó a crear los grandes depósitos petroleros que tantos daños ecológicos y sociales han dejado en esta región. 

    Un análisis genético reciente indica que la especie a la que pertenece el pequeño peludo que hoy contemplo en el rancho de Flavio surgió hace unos 40 millones de años, en lo que hoy es Sudamérica. En ese entonces, el mar separaba la parte norte y sur del continente americano, hasta que hace unos 3 millones de años surgió el Istmo de Panamá, y ocurrió lo que los especialistas llaman El Gran Intercambio Biótico Americano, en el que los seres vivos de ambos subcontinentes se mezclaron. 

    Fue así como llegaron hasta aquí los tlacuaches dorados, extendiéndose por Centroamérica hasta llegar a su territorio mexicano actual, que comprende una franja que pasa por los estados de Quintana Roo, Campeche, Chiapas, Tabasco, Veracruz y Oaxaca. Fue así como llegaron también las otras 11 especies de tlacuache (miembros de la familia Didelphidae) que se han identificado hasta ahora en nuestro país. Sólo una especie hizo el viaje de regreso hasta lo que hoy son Estados Unidos y Canadá: el tlacuache norteño (Didelphis virginiana). En nuestra región, a todos los tlacuaches se les llama zorros.  

    El nombre científico del tlacuache dorado es Caluromys derbianus. Caluromys es un compuesto de las palabras griegas kalos-hermoso; oura-cola; y mys, genitivo de myos, ratón: ratón de cola hermosa. El primer registro para la ciencia occidental fue hecho por el académico inglés George Robert Waterhouse, en 1841, a partir de un ejemplar disecado perteneciente a la colección Edward Smith-Stanley, 13avo Conde de Derby. Por ello bautizó a la especie como derbianus. Es un recordatorio de que muchos de los nombres científicos aún reproducen una perspectiva colonialista sobre el mundo. 

    Primera descripción para la ciencia occidental del tlacuache dorado, publicado en el libro Natural History of the Mammalia, de G.R. Waterhouse, en 1846.

    Un animal poco estudiado

    Waterhouse nunca supo de dónde era el ejemplar que describió, ni supo nada sobre su historia natural. Los primeros registros técnicos en México datan de 1943, y las primeras observaciones de especialistas se dieron hasta 1961, en Oaxaca. En los años 70s y 80s, científicos estadounidenses estudiaron su historia natural en Panamá y otros países centroamericanos, principalmente. En México nunca se ha llevado a cabo un estudio en profundidad sobre sus hábitos de vida, apenas se han elaborado reportes de su presencia en ciertas zonas, y tampoco hay una estimación de su abundancia o escasez. Es una de tantas lagunas en el conocimiento de nuestra biodiversidad. 

    Por los estudios realizados en otros países y los escasos reportes de campo, sabemos que se alimenta de fruta, néctar, polen; e insectos como polillas, saltamontes y cigarras. Tienen una de las gestaciones más rápidas que se han registrado entre los mamíferos, con apenas 13 días necesarios para el nacimiento. Son solitarios, sólamente se juntan para aparearse, y son polígamos. Parece que pasan las noches recorriendo plácidamente las ramas de los árboles, alimentándose de flores y de los insectos que llegan a ellas, interrumpiendo de vez en cuando su comida para acicalarse. Pero también tienen depredadores, como el ocelote, la mazacuata y algunos búhos. También pueden morir electrocutados en los postes de luz, ser atropellados al cruzar las carreteras o ser cazados por perros y gatos ferales. No se sabe cuánto viven en libertad, un individuo en el zoológico de Nueva York vivió más de cinco años. 

    Este ejemplar fue encontrado durmiendo entre vainas de vainilla. Foto: Francisco Cubas

    Una observación de campo realizada en Panamá, publicada en 1981, reportó que prefiere alimentarse de frutas suaves, como el amate (Ficus insipida), la sequara (Eugenia nesiotica), y el jobo (Spondias bombin); y que se alimentan del néctar y polen de Mabea occidentalis, la balsa (Ochroma pyramidale), el palo de agua (Trichanthera gigantea), y la ceiba (Ceiba pentandra). Fuera de otros reportes esporádicos, nunca se ha realizado una investigación para comprobar cuál es su papel como polinizador y su importancia para las plantas que visita, aunque parece probable que sí aporte algo a la labor polinizadora, al menos como contribuidor secundario. 

    Una bolsa para tiempos difíciles

    Como ya dije, durante mucho tiempo se consideró a los marsupiales como una versión menos novedosa y sofisticada que los placentarios. Sin duda la reproducción de nosotros los placentarios parece más efectiva, ya que en muchas especies, los bebés nacen completamente desarrollados y el largo tiempo que pasan en el vientre materno permite el desarrollo completo de órganos especializados, como el cerebro. En contraste, los marsupiales nacen como pequeños fetos, que tienen que arrastrarse con sus propias fuerzas hasta el pezón dentro de la bolsa en el vientre de su madre, donde completan su desarrollo. 

    Sin embargo, un estudio reciente ha encontrado indicios de que la forma más antigua de reproducción entre ambas es la placentaria, y por lo tanto la reproducción marsupial habría sido una novedad evolutiva. Una de las ventajas de la reproducción marsupial es que evita las complicaciones de parto, ya que al nacer apenas son del tamaño de un frijol; pero tal vez la más importante sea su adaptabilidad ante los malos tiempos. Una madre marsupial enfrentada a un desastre climático puede simplemente soltar a sus crías y volver a empezar, mientras que a una madre placentaria un embarazo interrumpido puede costarle la vida, y cada madre que fallece es una gran pérdida de futuras crías para la especie.  

    Cuando los marsupiales se movieron de Sudamérica hacia la Antártida y después hacia Australia ya existían los placentarios, y sin embargo, ellos no hicieron el camino, o no sobrevivieron. Es posible que la reproducción marsupial sea más eficiente en épocas de clima altamente inestable, como las que se vivieron hace 50 millones de años, o como la que comenzamos a vivir ahora. Quién sabe si dentro de unos cuantos miles de años serán ellos los más abundantes. 

    Hoy los placentarios somos mayoría. Los animales humanos y nuestros animales domésticos representamos el 96% de la biomasa (el peso del carbón orgánico que contiene un organismo, excluyendo el agua) de todos los mamíferos del planeta. Los mamíferos silvestres (incluyendo las ballenas) apenas son el 4%. El ganado vacuno que mantenemos pesa más que toda la humanidad. Esto quiere decir que la cantidad de materia orgánica de las vacas en el planeta es casi nueve veces mayor a la de todos los mamíferos silvestres. 

    La transformación de un potrero

    Pichucalco fue durante siglos un pueblo cacaotero, hasta que en el siglo XX las plagas del cultivo y los vaivenes de los precios internacionales provocaron la transformación de los cacaotales en potreros. Una de las etapas de mayor crecimiento ocurrió en los años 70s, justo cuando viví mi infancia, y así es como recuerdo mi pueblo y sus alrededores. Con su trabajo de dentista, nuestro abuelo compró, en la primera mitad del siglo pasado, las tierras por las que caminamos hoy, pero yo crecí viéndolas divididas en potreros muy bien cuidados, llenos de pasto gigante y estrella, especies africanas que se recomendaban en aquella época para la pastura de las vacas. Durante décadas, ellas fueron los mamíferos principales en este rancho. 

    De manos de mi abuelo pasó a manos de mi tío Rafa, y de allí a dos de sus hijos, Flavio y Doris. Flavio estudió agronomía, pero desde chico estuvo fascinado por la vida silvestre. Desde la prematura muerte del tío Rafa, en 2019, al quedar a cargo del rancho, puso punto final a la cría de ganado, retiró las alambradas, y fue dejando que ciertas partes se enmontaran, hasta que la mitad del predio (de unas 14 hectáreas) quedó prácticamente dedicado a la conservación. En la otra mitad fue cambiando poco a poco del cultivo del cacao al de la vainilla, pero siempre evitando el uso de pesticidas y herbicidas. El resultado es un paraje hermoso, que me confirma que la mayoría de las veces lo mejor que podemos hacer por la vida silvestre es dejarla en paz. 

    Entre los muchos árboles que ahora llenan de sombra el rancho se encuentran el bojón (Cordia megalantha), el cedro (Cedrela odorata), la ceiba (Ceiba pentandra), los hermosos mulatos (Bursera simaruba), los tatuanes (Colubrina arborescens), el chinín (Persea schiedeana), la jagua (Genipa americana), el chachalaco (Miconia xalapensis), el jinicuil (Inga jinicuil), la alcaparra (Erythrina americana) y el guarumo (Cecropia peltata). 

    Por medio de cámaras trampa ha registrado la existencia de venados cola blanca, conejos, pecaríes de collar, tepezcuintles, ocelotes, coatíes, osos hormigueros, armadillos, puerco espines, tlacuaches comunes, tlacuaches cuatro ojos y mapaches. Yo he fotografiado ahí más de 30 especies de aves y al menos 11 especies de abejas nativas. 

    Un cuclillo canelo (Piaya cayana) en el rancho. Foto: Francisco Cubas

    Todo esto tiene un costo económico que pocas personas aprecian. México no es un país propicio para la conservación. Los megaproyectos y la minería devastan grandes áreas, la contaminación del aire y del agua ni siquiera se monitorea, los defensores ambientales son asesinados, y los incentivos para conservar son mínimos y requieren de trámites muy largos. Para obtener un apoyo o desarrollar un proyecto de conservación los requisitos son enormes, pero para realizar actividades contaminantes o depredadoras todo son facilidades.

    Si Flavio quisiera, mañana podría tumbar todos los árboles y rentar los campos para criar novillos; o podría alquilarlos a alguna de las empresas que cultivan palma de aceite, o plátano, cultivos altamente contaminantes. Cualquiera de esas actividades, fuertemente dañinas para el medio ambiente, le reportarían ingresos seguros y constantes. Por eso la mayoría de los dueños se dedica a ellas. Pero él ha elegido estar del lado de la vida. 

    Si todos los dueños dedicarán la mitad de su predio a la conservación tendríamos un país muy diferente, lleno de corredores biológicos que conectarían grandes zonas de biodiversidad. El objetivo de la ONU es mucho menos ambicioso, y aún así estamos muy lejos de lograrlo. En 2022, 196 países se comprometieron a lograr la protección del 30% de la superficie terrestre y el 30% de los océanos para el año 2030. En México las áreas naturales protegidas federales apenas representan el 11% del territorio terrestre nacional, y la mayoría enfrenta graves problemas de contaminación, caza furtiva, tráfico de especies, minería y una persistente falta del presupuesto mínimo para vigilarlas.

    Flavio nunca se queja: “Yo veré cómo le voy a hacer, pero a mí me llena ver el rancho así, me llena conservar al menos un pequeño refugio para todas las especies que han llegado, me asombra ver lo rápido que esto ha cambiado en unos pocos años, y me llena poder venir y caminar por entre todo esto”. 

    Un legado

    Recorriendo el predio llegamos a la pequeña colina en la que, bajo un árbol, se mezclaron las cenizas de mi tío Rafa y mi abuelita Trini. Hacia el norte, entre las copas de los árboles, el terreno pierde su elevación y se vislumbra el inicio de la gran Llanura Costera del Golfo, donde se mezclan las aguas de las cuencas Grijalva-Usumacinta, antes de fundirse con el mar. Es un destino apropiado para los restos de dos personas que se quisieron tanto. 

    Al bajar la colina me vienen imágenes del tío Rafa platicando y riendo con mi padre después de una comida, cuando todos estábamos vivos. Los dos cuñados disfrutaban mucho las ocasiones que pasaban juntos, llenas de jovialidad y bromas; a ambos los unía también un profundo amor por la tierra y el paisaje, que ellos canalizaban en la ganadería, porque en aquella época la educación ecológica era casi inexistente. Recuerdo otra mañana en este mismo rancho, hace más de tres décadas, cuando acompañé a mi tío y al pequeño Flavio, que entonces tendría apenas 6 años. Mientras descansábamos de la caminata por los pastizales, una pequeña ranita verde, del tamaño de un pulgar, saltó a la punta de mi bota, y el pequeño Flavio se acercó fascinado a observarla, con la misma mirada intensa que puedo ver hoy en él, al encontrarnos un ave, una flor, un hongo. Yo creo que al abuelo, al tío y a mi padre les daría mucho gusto y orgullo ver lo que ha hecho con el viejo rancho ganadero. 

    Vista a las montañas del norte de Chiapas. Foto: Francisco Cubas

    Cuando escribo esto han pasado ya dos años desde aquel encuentro con el tlacuache. Hace un año Flavio y su esposa Juanita recibieron la llegada de su primera hija, Ethel, y el rancho sigue floreciendo y enmontándose, ahora con un pequeño estanque en el que abundan las ranas y las tortugas, e incluso apareció un pequeño cocodrilo, recordatorio de que estos maestros de la sobrevivencia también habitan en los montes. Ambos han puesto una página de Facebook llamada Vida Silvestre del Norte de Chiapas, donde comparten fotos y vídeos de la flora y fauna del lugar, y recientemente comenzaron a ofrecer visitas guiadas para practicar senderismo de observación. 

    La imagen de Flavio y Juanita acompañando los primeros pasos de Ethel por el cacaotal me recuerda la frase del escritor James Baldwin:

    “The children are always ours, every single one of them, all over the globe; and I am beginning to suspect that whoever is incapable of recognizing this may be incapable of morality”.

    Que yo traduzco de la siguiente manera:

    "Los niños son siempre nuestros, cada uno de ellos, en todo el mundo; y comienzo a sospechar que quien es incapaz de reconocerlo puede ser incapaz de ser moral".

    Entiendo que el “nuestros” de la frase, no se refiere a la propiedad, sino a la responsabilidad. Los mamíferos se distinguen por la gran cantidad de tiempo que dedican a la crianza, y quienes más invertimos en ello somos los animales humanos. Cada generación es una oportunidad para acercarnos a un mundo más justo y noble. En las niñas y niños de hoy está la humanidad del mañana, por eso todas se merecen nuestra atención, respeto y apoyo; por eso todos son, en ese sentido “nuestros”, ningúna niña o niño debería sernos ajena.  

    Desde ese punto de vista, el paisaje que Flavio cuida no es sólo para Ethel, sino para todas las niñas y niños. Y yo escribo esto para ellas, para que cuando crezcan tengan algo que leer sobre su tierra y sus árboles, y también lo escribo para cualquiera que aún conserve el asombro y la curiosidad en su ser.