Villahermosa vuelve a mirar su origen (Parte 2)
Qué futuro queremos para un sitio amenazado por las olas de calor y las inundaciones: ¿una ciudad para los automóviles o una ciudad para las personas?

¿Y qué hace uno aquí?, preguntó un padre de familia a su esposa, recorriendo el jardín del nuevo malecón de la colonia Centro junto a sus niñas. A mí me pareció una pregunta muy significativa. Tantas veces nos han repetido que la vida es consumo, que nos desorienta estar en un lugar donde no hay que comprar nada, sólo ser y estar.
Caminar sin un rumbo urgente, conversar con personas cercanas, observar los árboles y el río, no son actividades a las que hoy en día se les otorgue un valor esencial, más bien son catalogadas como pérdida de tiempo por una cultura que condiciona la vida a la producción (no en vano México es el país de la OCDE con más horas trabajadas en promedio).
Generaciones de filósofos, como la escuela peripatética o Emanuel Kant, entendieron claramente la utilidad de las caminatas para el pensamiento. Pero nuestra época huye del pensamiento y la reflexión como si fueran pestes, y se refugia en el aturdimiento de la velocidad.
Tal vez por eso un lugar que invita a la contemplación y la convivencia sin discriminación no ha sido bien recibido por los políticos locales, ni los medios a sueldo de ellos, ni, por supuesto, por los cochistas (personas que anteponen y defienden el empleo de su propio automóvil por encima de todo y de todos).
- NOTA: Se han hecho varios señalamientos a la construcción del malecón sobre malas prácticas en las licitaciones y vicios ocultos en la obra (drenajes faltantes, por ejemplo). No nos ocuparemos de ello aquí, no porque no sea importante, que lo es, sino porque nuestro tema es el concepto de la obra, y lo que representa en la historia urbanística de la ciudad y en su relación con el medio ambiente.