Jonuta, refugio de manatíes

El doloroso sol de mayo caía sin pausa sobre las aguas del Río Chico, un afluente del Usumacinta, aquella mañana en que Licha decidió meterse al agua con un manatí. Hacía ya varios días que algunas personas del poblado Los Pájaros habían comenzado a dejar mangos en la orilla del río, para que los manatíes los comieran, y los animales, hambrientos por la falta de alimento que enfrentan en los meses de seca, se habían acercado, pero nadie se había atrevido a tocarlos.
María Luisa Cruz Guzmán, Licha, había pasado los 30 años de su vida escuchando decir que el manatí era un animal peligroso, capaz de voltear cayucos y tratar con los extraños a coletazos. "Pero yo siempre he sido aventada", recuerda Licha, "y me tiré al agua con él, tenía miedo, claro, pero empecé a darle el mango en la boca, y mientras lo comía le iba acariciando la cabeza, hasta que los dos agarramos confianza y no podía creer lo cariñoso que era, a ese primer manatí le pusimos Juanito".
... yo siempre he sido aventada, y me tiré al agua con él, tenía miedo, claro, pero empecé a darle el mango en la boca, y mientras lo comía le iba acariciando la cabeza, hasta que los dos agarramos confianza y no podía creer lo cariñoso que era, a ese primer manatí le pusimos Juanito. María Luisa Cruz Guzmán, Licha.
Ese primer contacto significó el surgimiento de un proyecto comunitario de ecoturismo y conservación en el municipio de Jonuta que en apenas cuatro meses de 2019 cambió la percepción pública de los tabasqueños sobre estos maravillosos animales.